acdf9b5e-f3ee-4a0e-afc2-06ed8fa471bf (002)

Humberto Anwandter Paredes

* 30 de enero de 1931         19 de julio de 1959

+ 29 de julio de 2018

Semblanza del P. Humberto Anwandter

Su padre, don Humberto, fue un reconocido ingeniero que cumplió en forma muy competente los encargos profesionales. Un trabajo importante suyo fue en la cordillera, a la altura de Linares, en El Melado, en la construcción de un importante canal. Allí, el niño Humberto vivió su primera infancia y tuvo contacto temprano con la naturaleza y con la ingeniería, en años de una estrecha y lograda vida familiar. Su mamá, la señora Marta, era una mujer naturalmente maternal, femenina en todo, con una fe viva y alegre. Ella era el centro cálido de toda la vida familiar. Los Anwandter Paredes fueron siempre sobrios, no procuraban alcanzar metas de brillo exterior en ningún frente. Eran sencillamente sobrios y genuinos, abiertos al entorno. El intercambio familiar era lúcido. Allí se debatían ideas. El ambiente era el de un hogar católico, si bien don Humberto, o no era creyente o lo era en forma muy débil.

La familia vivía en una calle contigua al colegio de los Sagrados Corazones (SS.CC.), los llamados Padres Franceses, situados en la Alameda frente a la calle Brasil. Allí fue Humberto fue un destacado alumno. Sereno, algo tímido, un joven con vida religiosa personalizada y ferviente. Los sacerdotes que trabajaban en el colegio eran pastores ejemplares. Participó en la Acción Católica, y en los años decisivos de su juventud primera, se sintió interpretado por sus maestros. Recibió él, de la espiritualidad de esa congregación, una devoción al Sagrado Corazón y al Corazón Inmaculado de María.

El adolescente Humberto, hasta salir del colegio, y probablemente, en sus primeros años universitarios, tenía por confesor al P. Damián Symon, quien también fue el confesor del P. Alberto Hurtado, en los tiempos que el santo dilucidó su vocación sacerdotal, hasta que partió al noviciado jesuita.

Junto con los estudios y su formación espiritual, Humberto visitaba y acompañaba a los presos de las cárceles.

Conocía bien la doctrina social de la Iglesia y también la ponía en práctica, en una múltiple preocupación por los pobres: desde la limosna, dentro de sus posibilidades, pero sobre se planteaba seriamente una necesaria y honda reforma estructural de Chile. Eduardo Cruz-Coke era, para él, un referente del catolicismo social.

Al entrar a la universidad, participó en una época de la Acción Católica, asesorada por el P. Hurtado y por Mons. Jorge Gómez. Y también por el P. Florencio Infante, de los SS.CC. Este sacerdote ejerció una influencia en el joven Humberto, en lo que podría llamarse una búsqueda de las fuerzas originales de Chile como patria.

Tenía un gran talento para las matemáticas, por eso entró a estudiar ingeniería en la Universidad de Chile. Allí fue muy buen alumno, participando también en labores extrauniversitarias, tanto en lo apostólico como en lo social. En los círculos de la Acción Católica, escuchó hablar sobre Schoenstatt. Pronto tomó contacto con quienes estaban comenzando a fundar la Juventud Masculina del Movimiento, en torno al Cenáculo de Bellavista, bajo la conducción del P. Ernesto Durán y del P. Benito Schneider, el director espiritual de Mario Hiriart. Con ellos, el P. Humberto daba los primeros pasos en Schoenstatt, y se integró a un destacado grupo de jóvenes, cuyo ideal fue: “Caballeros del Fuego”.

Después de una rica vida en la Juventud Masculina, siente el llamado a la vocación sacerdotal, y decide entrar a los Padres Palotinos. Junto con Anselmo Cerró, un joven venezolano, toma el hábito religioso el 30 de marzo de 1952, de manos del fundador, el P. José Kentenich. Ambos jóvenes, junto a Vicente Olea, Lorenzo Sandoval y Narciso Costa, conformaron el primer curso de la fundación de palotinos schoenstattianos chilenos.

Ellos partieron pronto al noviciado en Olpe, Alemania. La Provincia Palotina alemana tenía por Provincial al P. Heinrich Schulte. Este sacerdote participó, al comienzo, de la fundación de la corriente schoenstattiana, al interior de la Sociedad del Apostolado Católico, llamada Comunidad de los Padres Palotinos, pro haber sido fundada por San Vicente Palloti (aaaa – aaaa). Era un hombre de una inteligencia superior y de enérgico liderazgo. En 1952, él ya se había separado, interior y también exteriormente, del P. José Kentenich. El P. Schulte llegó a ser el ideólogo de la llamada “corriente liberal de Schoenstatt”.

El pequeño grupo de chilenos, y del venezolano Anselmo, enfrentaron rápidamente al P. Schulte, porque percibieron que se apartaba de la orientación básica carismática del fundador.

Esto condujo a una ruptura radical entre los palotinos alemanes y los jóvenes chilenos. Tan serio llegó a ser el enfrentamiento, que esos novicios fueron expulsados del noviciado de Olpe.

Humberto Anwandter y sus compañeros, fueron trasladados desde Alemania al Friburgo de Suiza, ciudad universitaria bilingüe -francés y alemán- latina y germana. Allí, el P. Augusto Ziegler fue el formador e inspirador del seminarista Humberto. En la Universidad de Friburgo, el P. Humberto recibió el título de Licenciado en Teología, en el verano de 1960. Dentro del grupo de estudiantes chilenos de filosofía y teología, había ejercido durante todos esos años un liderazgo natural y marcante.

En los años de exilio del fundador en Milwaukee, el P. Humberto tuvo un contacto privilegiado con el P. Kentenich, quien lo valoró como uno de sus discípulos más inmediatos y valiosos en esos difíciles tiempos. Lo consideró, y así lo señaló expresamente, como la cabeza de los cofundadores chilenos de la comunidad Internacional de los Padres de Schoenstatt.

El grupo más estrecho del P. Humberto, su comunidad de curso, tuvo un nombre muy significativo, de la íntima espiritualidad y del mensaje sustancial del P. Humberto, al interior de su Instituto Secular. Ese curso se llamó “Instrumentos Marianos de Victoria”. Esta última palabra es característica del aporte del P. Humberto también a toda la familia de Schoenstatt internacional. En medio de las noches más oscuras de la difícil historia de confrontación de Schoenstatt con el Santo Oficio de la época, él cultivó una esperanza irrestricta. En aquel entonces, se usaba un lema en latín: “Mater perfectam habebit curam”. Es decir: “La Madre cuidará perfectamente” de lo que está en peligro, a lo que el P. Humberto agregó dos breves palabras, “et victoriam – y nos dará la victoria”.

El P. Humberto retornó como sacerdote a su patria, en la Navidad de 1960. En la Eucaristía de medianoche, él entronizó en el altar del Santuario Nacional de Chile en Bellavista, un ícono que llegó a tener pronto, trascendental significación para toda la familia internacional de Schoenstatt: la “Cruz de la Unidad”. Esa fecha y este gesto constituyeron un verdadero hito en la historia de la fundación kentenijiana. Una vez instalado en Chile, debió asumir las máximas responsabilidades sacerdotales en el cuidado de todo el Movimiento.

Cuando ya fue posible dar los primeros pasos fundacionales del Instituto de los Padres de Schoenstatt, el P. Kentenich nombra al primer Superior General, P. Bodo Erhard, y su Consejo. Uno de sus miembros fue el P. Humberto, cargo que ejerció por dos períodos de doce años cada uno.

Muchas veces se escuchó decir entre la gente, que él servía como Padre de Schoenstatt, unas palabras que brotaban como algo evidente de los labios: “El P. Humberto vive lo que predica”. Esa irradiación era silenciosa, pero eficiente. No era un gran predicador, ni un conferencista brillante, pero todo lo que él entregaba en liturgias y reuniones, era sólido, de una profunda lucidez interna. Su estilo era persuasivo, muy respetuoso del oyente, tenía la urgencia de la verdad y de un fuego carismático.

Era delicadamente personal en todo. Fidelísimo a cada uno de los contactos que iba anudando, discreta y finamente, con las personas que la Providencia le ponía cerca en sus caminos. Creaba profundos vínculos de fraternidad y paternidad.

En sus últimos años, enfermó de cáncer. Cuando la enfermedad se hizo más aguda, debió dejar su frontera apostólica en Concepción. Fue trasladado a la casa de salud de los Padres de Schoenstatt, llamada Porta Coeli, en Bellavista. Se incorporó con gran naturalidad a un ritmo distinto y a una vida retirada y silenciosa. También en este escenario fue ejemplar en la fraternidad, en la oración, y en la irradiación de una paz serena y profunda. El cáncer se apoderaba más y más de su organismo. Él debió ir limitando su participación activa en la cotidianeidad comunitaria. En los últimos dos meses, ya no celebraba solo la Santa Misa, concelebraba desde una silla próxima al altar. Como siempre antes, oficiaba la liturgia con una profunda intimidad. A medida que se fue agravando, se debilitaba su voz, haciéndose más escasas las palabras. El rostro irradiaba gran sosiego y serena alegría. Comenzó a estar agotado durante el día y la noche. Ya en las últimas dos semanas, no respiraba bien. Esto fue empeorando. En medio del mutismo natural por la gravedad de su deterioro, siempre daba las gracias. A veces, los motivos eran precisos y cotidianos… pero comenzó otro tono para expresar su gratitud. Sus palabras tenían un sonido de testamento, de balance de una historia compartida íntimamente. Llegaba alguno de sus hermanos de generación, o de comunidad de casa, y él, con una voz frágil, pero con plena conciencia y claridad, usaba el nombre propio de cada uno, agregando: “Hermano, gracias, gracias por todo, muchas gracias”. Se refería a una historia de decenios compartida y luchada. Una noche, bien agotado pero muy lúcido, repitió varias veces el ideal carismático de su generación sacerdotal, formulado en latín: “Unum in Sanguine – Somos Uno en la Sangre”, y agregaba pausadamente: “Non sine sanguine”, repitiendo lo que en castellano significa: “Uno en la Sangre, no sin la sangre…”. Hacia el final, en una de sus últimas noches, con los ojos bien abiertos y serenos, pronunció una vez más el ideal de su generación “Unum in Sanguine”, y agregó nítidamente, con voz firme: “El Papa, el Papa, non sine sanguine, no sin sangre”.

El P. Humberto partió a la casa del Padre la madrugada del 29 de julio de este 2018. Ya era domingo, fiesta semanal de la Resurrección. También se celebraba la festividad de Santa Marta, la de Betania, la santa patrona de la mamá de Humberto.

Ya Lázaro, Marta y María estaban intercediendo. Ya Jesús volvía a hacer la misma aseveración que hizo en Betania: “Marta, María… Lázaro no ha muerto”.

En el jardín de la Casa Porta Coeli, a través de la ventana del cuarto del P. Humberto, podíamos mirar la fuente cantarina del jardín. Al caer el agua, alguien podría escuchar: “el sacerdote Humberto, hermano y padre, no muere para siempre… Yo Soy la Resurrección y la Vida”.

Joaquín Alliende

                                                                               Bellavista, 1 de agosto, 2018

Deja un comentario

Tu dirección de correo electrónico no será publicada. Los campos obligatorios están marcados con *