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Alegrémonos por Jesucristo que es nuestro amigo, que es nuestro Señor. Alegrémonos también por nosotros mismos, porque su resurrección nos indica que nosotros también podemos resucitar y podemos ser mejores. El mal que hay en nuestras vidas puede ser derrotado, no tenemos porqué resignarnos a él.

Hoy nos hacemos regalos, cantamos, celebramos con la comida y vamos a visitar a amigos. Todo eso está muy bien, pero no nos olvidemos que lo importante es que Jesucristo ha resucitado.

A nuestros niños, a quienes envío un saludo especial, explíquenles el sentido de los huevitos de Pascua, pero explíquenles también el sentido de la resurrección de Jesucristo.

A ustedes, los ancianos, los enfermos, los privados de libertad, los que sufren, los que quizás no han podido en estos días estar con nosotros en la celebración, también les envío mis mejores deseos de paz y de bien.

En definitiva, cuando los apóstoles saben que Jesús ha resucitado cuando lo encuentran, entienden que su vida va a cambiar, que lo que había sido hasta entonces, que lo que hubo de cobardía y de miedo, ahora va a ser valentía, va a ser amor. Ellos van a ser capaces de amar a sus enemigos y pasar por la vida haciendo el bien y perdonando: “Padre perdónalos”.

Yo les deseo que en esta Pascua seamos capaces de perdonarnos en la familia, y seamos capaces de hacernos el bien los unos a otros.

Feliz Pascua de resurrección del Señor y Pascua de nuestra propia resurrección. Que la Virgen María, la de la alegría y de la luz, nos proteja y nos ayude.

+ Celestino Aós Braco, ofm Cap.
Administrador Apostólico de Santiago

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