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Christian José Abud Sittler

(3.6.1988 – 20.6.2019 – 20.6.2019)

Horas después de recibir por correo electrónico la aceptación a su consagración contrato perpetuo, Christian José Abud Sittler -o sencillamente James- partió al cielo. Ahí seguramente sea recibido por su amigo Jesucristo. Acá lo despedimos una multitud de amigos, hermanos de comunidad y su familia. Con orgullo y gratitud a él y a Dios por nuestra amistad, quisiera dar testimonio de cuánto se nos ha regalado en este breve aunque intenso tiempo compartido.

James recibió desde sus padres una natural pertenencia a Schoenstatt en Curicó. En torno a su naciente Santuario “Tierra Joven” marcó a la juventud en profundidad desde su liderazgo, testimonio religioso y entrega. Prueba de ello dan al día de hoy amigos suyos de colegio invitados insistentemente a que conocieran el Santuario. Tanto es así que generaciones siguientes a James parafraseando a San Alberto Hurtado, ante cada opción que debían tomar se preguntaban: “¿Qué haría James en nuestro lugar?” Su mudanza a Santiago lo acercó al santuario y a la juventud de Campanario. Ahí también desplegó todo su liderazgo en su rol de jefe de rama mientras avanzaba a paso firme en sus estudios de Economía en la Universidad Católica. Dentro del mundo de Schoenstatt y en su relación con el Padre Kentenich, se identificaba con el aporte que podríamos hacer en el terreno de lo social. De hecho trabajó apostólicamente en Puente Alto, una de las comunas más postergadas de Santiago en donde James tenía puesto su corazón. Una vez dentro de la comunidad esa inquietud se potenció. Prueba de ello son los talleres de estudio del pensamiento social del Padre Kentenich que organizó en la Universidad Católica. También encabezó en el Colegio Mayor la “Semana de la Pobreza” que nos entusiasmó y desafió a vivir un Sion “pobre y para los pobres”. Soñaba con un Santuario y una filial en Puente Alto. Su capacidad de entusiasmar y su pasión eran tal que podríamos creer e imaginar esa posibilidad como al alcance de la mano. Se sentía identificado con el p. Hernán Alessandri a quien visitaba tanto en el cementerio como en el oratorio de la casa Provincial en Bellavista. Más allá de la comunidad, en esa misma línea, se alimentaba de los escritos del p. Esteban Gumucio de los Sagrados Corazones.

Empezando el noviciado en 2012 en Tuparenda, forma parte del curso Unum in Christo Sacerdote. Desde ese momento contagió una especial vinculación con Jesús. Su mayor anhelo en ese momento era identificarse con Cristo de manera tal de “hacerse uno en Él”. Su personalidad que buscaba el bajo perfil y escapaba con fuerza de ubicarse en el centro, no impidieron que marcara el curso desde temprano. Fue jefe de curso entre 2016-2018. Seguramente no sea casualidad que gracias a él, su ideal de curso se haya incorporado “para siempre” desde la aceptación a su consagración perpetua. Dentro del curso nos regaló una amistad profundamente natural disfrutando asados, fútbol y la pintura, haciendo vida aquello de que los hombres más sobrenaturales son los más naturales. Lo hizo concienzudamente con una búsqueda de ser para todos. En ese mismo espíritu sobresalió por su capacidad de hacer amigos más allá del curso e incluso más allá de la Provincia. Su partida, por lo mismo, impacta en muchos de nosotros. Son muchos los que sienten a James como propio, como su amigo y así han querido dar testimonio en estos últimos días. Por lo mismo, con su partida sabemos que James ya no nos pertenece: su ejemplo es para todo Sion, para todo Schoenstatt y tal vez más allá. James es de Jesús. Y para siempre.

Su enfermedad no lo cambió. Mantuvo la pasión por vivir que siempre lo caracterizó y la alegría serena. Por eso llevó todo su proceso con fortaleza y coraje, siempre mirando el futuro con ilusión. Tanto fue así que a menudo él era encargado de animar a los demás. También a distender momentos con su humor agudo, inteligente y contagioso. Si bien en esencia siempre fue el mismo, es claro que la enfermedad aceleró procesos interiores. Esto le permitió vivir todo este tiempo muy unido a Dios y con un creciente espíritu filial y fraternal. Recordaba y creía mucho en la Alianza Fraterna en Cristo que sellamos como curso en julio de 2016 antes de que adviniera su enfermedad. Tanto es así que hace un año durante el Terciado nos decía: “Tengo la convicción de que de una forma muy real vivo en el corazón de mis amigos.  Si llegara a morir, sabría que seguiría viviendo en ellos. La unión continúa, incluso después de la muerte, de una manera casi mística. Así, las vidas se unen y compartimos un mismo destino.” Desde su enfermedad también se encargó de corregir falsas imágenes de Dios y erróneas teologías detrás de bien intencionadas frases que unían su enfermedad con un designio de Dios: “Más allá de que sí soy pecador, no creo que Dios estuviera tan centrado en mi pecado, o en el de algún antepasado. Al menos esa idea de que las enfermedades son por nuestros pecados no la creo, simplemente no me cierra según mi experiencia de Dios… Para mí Dios acompaña la vida del hombre. A veces puede interceder de maneras claras y directas, pero en general actúa en el corazón de las personas.  Pienso que es fiel y nunca nos deja solos, y más aún sufre con nuestro dolor. Sí, Dios sufre y como dicen las escrituras, se estremecen sus entrañas, como una madre.  Dios es corazón, es amor y bondad, no quiere nuestro dolor.”

Sus amigos y especialmente su curso damos muchas gracias a Dios por el inconmensurable regalo de la amistad y la vida de James que tanto bien nos ha hecho y que tanto nos ha enseñado. Seguir su huella sea nuestra mayor gratitud. Caminamos juntos, unidos en Cristo Sacerdote a quien James seguramente ya contemple, con la esperanza y el anhelo de volver a encontrarnos en el Sion eterno.

Hace algunos meses recibió de parte de su naciente generación un cáliz. De esta manera se expresaba su actitud de entrega y ofrecimiento tan sacerdotal con la que vivió la enfermedad. Ofrecía por su curso, por la comunidad, por vocaciones y por la situación de la Iglesia que tanto le preocupaba. “Sube el cáliz María, sube el vino de mi vida”, escribió en forma de canción estando en el noviciado. Ese mismo cáliz estaba tallado en su cruz y fue dibujado en la corona de la Mater del curso. Esa era su manera de entender el sacerdocio. De hecho, en los últimos días cuando se barajó la posibilidad de una rápida ordenación que cumpliera el gran anhelo de su vida puso algún reparo diciendo que si bien le encantaría no le encontraba mucho sentido porque no iba a poder servir a nadie y para él, el sacerdocio era un servicio y no un ‘título’ o una ‘chapita’. Con esta absoluta coherencia y fidelidad que tuvo hasta el final, parece indicarnos el camino para vivir el sacerdocio en su sentido más preciado en medio de tanto y de tantos que lastimosamente han desdibujado su valor más pleno. En ese sentido en el noviciado nos impulsaba a vivir un nuevo sacerdocio “más cercano, comprometido y sencillo para todo todos como el de Jesús”.

Juan M. Molina

Unum in Christo Sacerdote

24.06.2019

 

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